
Se dice que la muerte es inherente a la vida, y diría que casi a la extensión de la cotidianidad. Son incontables quizá las veces en que
nos hemos visto obligados a contemplar su espantoso y ufano semblante por donde quiera que la vista se pose. Hace su nefasta aparición de forma constante en las noticias, sobrevolando con sus alas negras las trincheras en el zenit de la guerra, o recogiendo su cosecha en los campos labrantios de la tragedia. No la limitan el espacio ni el tiempo, se pasea subrepticia por campos y ciudades, sin que el tic tac del reloj haga mella alguna en su agenda, para desfilar su luctuosa pasarela por los pasillos de hospitales y clínicas, y con su negra
estela mares de desconsuelo legar. No son muchos quienes aseguran presagiar el momento de su intromisión en la vaguedad del camino, ni el lugar exacto del funesto encuentro, muy por el contrario, el esfuerzo del ser humano se encamina por alejar dicha cita de su definitiva formalización. ¿Desde donde atalaya nuestros andares?, ¿donde se encumbra su vetusta morada? en todo momento y lugar, suponemos, no excentos del sobrecogimiento del caso que entraña dicho pensamiento (créanme que los ecos del
estremecimiento resuenan en mi testa en el esbozo de estas líneas). Y cómo todo fenómeno que afecta e intriga al ser humano, la muerte también ocupa el retablo de los misterios aún insondables del interés humano, mereciendo su propia efigie en las artes y la literatura.
Desde
que la literatura es literatura, la muerte protagoniza y antagoniza alternadamente la narrativa y el poema. Para empezar, tenemos a la muerte como desafío del hombre que se interpone en su camino, encarnada en todos los peligros que situan las vidas del héroe y sus compañeros de aventura en el filo de la navaja. Vasta citar el insistente acoso al que fuera sometido el valiente Ulises en "La Odisea" a través de la hostilidad del cíclope, la furia del mar, y sin olvidar el descenso a los propios dominios de la muerte a través del tenebroso Rio Estigia, de los cuales saliera avante. Aunque otro ejemplo digno de destacar en este aspecto sería de igual forma "El Descenso al Maéstrom" de "Edgar Allan Poe", autor que nos dará mucho más de que hablar en esta entrada.
También ocupa a menudo un lugar de importancia el tema de la ubicuidad de la muerte y la huella que ésta deja. Pablo Neruda en "Solo la Muerte" y en "La Muerte" describe el influjo de la muerte como "una escoba que lame el mundo buscando muertos" en la primera, y en la segunda se lamenta la ausencia de un interfecto.
Pero
no siempre ha sido la muerte en el mundo de las letras piedra angular de aprensiones y angustias; pues paralelamente ha sido objeto del placer macabro de seres psicóticos y atormentados por sus propias insanas manías. Cuentos góticos de célebres autores como Edgar Allan Poe y H. P. Lovecraft, nos muestran de principio a fin, la vesanía de seres que se recrean y vivifican en la muerte de otras personas, tal y como el arrecife de coral se nutre de los huesos de los peces que la componen cuando las vidas de estos últimos llegan a su fin. "Berenice" y "Los Amados Muertos" podrían estar entre los mejores ejemplos de este tipo de tétrica refocilación.
Aunque la "fiesta de la muerte"
no es la única forma en que Poe y Lovecraft han tratado este tópico. También han dado lugar en varias oportunidades a la especulación sobre
el regreso a la vida, partiendo de la consideración de que la muerte es solo una suspensión biológica que ha sufrido el cuerpo, y que se sugiere puede ser reversada. tenemos en cuenta aquellos relatos en los que la muerte retoma el rol de antagonista despiadada, capaz de jugarle una mala pasada a los seres humanos ("El entierro prematuro" de Poe, y la serie de "El Reanimador" de Lovecraft), no teniendo más opción que enfrentarse a ella con toda la zozobra del caso.
Pero
como el papel lo puede todo, también existe la posibilidad de vencer a la muerte, ya no pasandole de soslayo, sino ascendiendo del abismo al que el o los protagonistas ya había sido arrastrado. De la umbría concepción de inbatibilidad que se le otorgaba (y se le sigue otorgando) a la muerte en la literatura gótica, ésta pasa a ser un personaje más en (digamoslo de esa manera) "igualdad de condiciones" que se puede ver sorprendida (así sea de momento) por los personajes de turno (Gandalph en "El Señor de los Anillos" de J.R.R. Tolkien, o Francisca en "Francisca y la Muerte" de Omelio Jorge Cardoso, podrían ser algunos de los mejores ejemplos).
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