
Soñaba, y ví un faro solitario sobre un peñasco en medio de la mar embravecida. Las multitudinarias olas, iracundas, embisten contra sus muros graníticos una vez, otra vez, otra… Segundo a segundo. Minuto a minuto. Día tras día. Año tras año. Siglo tras siglo… Sin desistir ni mermar. Sin descanso ni pausa en su ataque enconado.
En ocasiones, tras millones de choques violentos, perciben que por fin se desprenden algunas astillas del muro y caen, inermes, al abismo devorador de las olas encrespadas que se apresuran a desmenuzarlas y engullirlas. Eso las alegra, estimulándolas a recrudecer la embestida con renovados bríos.
“He aquí: ¡tan solo unos golpes más y esa torre maldita cederá!” Las olas, por ser ruidosas, por ser multitudinarias, por ser violentas, creen ser
el Mayor Poder sobre la Tierra. Porque no comprenden que un edificio, por vieja y decrépita que parezca su fachada exterior, si ha sido capaz de resistir de firme a un embate plurisecular tan enconado y continuo; ALGO tiene en su estructura interna que le confiere resistencia. Y ese “algo”, no puede ser solamente una mera voluntad de empecinamiento desafiante, sin razón ni finalidad.
Por cierto y aunque día y noche digan lo contrario, SON LAS OLAS quienes se han empecinado. Son ellas quienes se han concentrado durante largos siglos en el único y obsesivo afán de aniquilar. Y de tan empeñadas en su labor destructiva que están… no se dignan detenerse ni tan siquiera un segundo para recapacitar y sacar cuentas. Por eso es que, aunque la evidencia ante sus ojos es colosal y clama hasta los cielos, todavía no se han planteado las sencillas razones que acabo de exponer.
–Domovilu, atrincherada en el Faro de la Isla de los Estados–.
